🗺️ Crónicas de Tu Punto Nemo – Kilómetro 1
Mi primer viaje en avión fue también mi primer viaje fuera de España. Tenía apenas 16 años y el destino era Estados Unidos. Me fui con tres amigos, todos mayores que yo. Uno de ellos, Juan, sigue siendo hoy mi mejor amigo, aunque nos saquemos nueve años de diferencia.
Aquel viaje no se organizó como era habitual entonces. Viajar a un destino tan conocido como Nueva York solía significar lo mismo para todo el mundo: vuelo, hotel y actividades. Todo cerrado. Todo controlado.
Pero nosotros empezamos diferente.
Vimos una de esas ofertas de avión mucho más baratas de lo normal y alguien lanzó la idea:
—¿Y si nos vamos a Nueva York?
Y así, casi sin pensarlo, nació el viaje a Nueva York.
Todavía recuerdo el momento en el que mi madre me dijo que sí, que podía ir. A día de hoy no termino de entender esa decisión. Éramos una familia numerosa y suponía un gran esfuerzo para ella. Además, sin ser consciente entonces, yo iba a ser el primer miembro de todas las generaciones de mi familia que viajaba a América.
Pero en ese momento yo solo pensaba en lo increíble que sería vivir una experiencia de viaje así.
👉 Llegar sin hotel: lo normal para mí
Llegó el día y salimos de viaje. Al aterrizar, continuamos con el plan… o mejor dicho, con la ausencia de plan: buscar alojamiento.
Sí, llegamos a Nueva York sin hotel reservado.
Yo no lo veía raro. Era lo que conocía. Era exactamente lo mismo que hacía mi madre cuando llegábamos a la playa y se ponía a buscar apartamento ese mismo día. Para mí, viajar sin reservas era simplemente mi forma de viajar.
Con nuestro no-inglés y varias llamadas desde aquellas cabinas de teléfono, conseguimos reservar un sitio donde dormir.
Y entonces lo supe: estaba en Nueva York.
👉 El taxi que me confirmó que aquello era real
La experiencia que realmente me hizo sentir que estaba en Nueva York de verdad fue coger un taxi.
Por fuera ya sabía cómo eran: amarillos, inconfundibles.
Pero por dentro aquello era un caos maravilloso. Un vaso vacío de café en el suelo, objetos de mil colores repartidos sin orden, música funky, el conductor comiendo algo que nunca supimos qué era y girándose constantemente para hablarnos, aunque no entendiéramos nada.
Fueron unos veinte minutos de trayecto inolvidables.
Cosas que pasaban en los años 90, cuando viajábamos sin teléfonos móviles, sin stories y sin reels. Cuando las experiencias de viaje se vivían para uno mismo.
👉 Lo que permanece y Tu Punto Nemo
La foto que ves arriba me trae muchísimos recuerdos de aquel viaje a Nueva York. En ella aparecen las Torres Gemelas. Después volvería muchas más veces a Nueva York, pero esa vista nunca volvería a ser la misma.
He conocido la ciudad con torres, sin torres, con un enorme vacío, con la cimentación del nuevo edificio, con el edificio terminado y con las vistas desde el nuevo mirador.
Esto es la vida.
Todo va cambiando.
Y al final, con lo que te quedas no es con las fotos perfectas ni con los planes cerrados, sino con lo que vives, con las experiencias y con las emociones que se quedan contigo para siempre.
Con el tiempo he entendido que aquel viaje a Nueva York no fue solo mi primer gran viaje. Fue la confirmación de una forma de entender el mundo que ya llevaba dentro: viajar improvisando, viajar sin miedo y confiar en que el camino siempre te devuelve algo más de lo que esperas.
Hoy, esa misma filosofía es la que da sentido a Tu Punto Nemo. No se trata solo de llegar a un destino, sino de vivirlo de verdad. De viajar con una estructura que te acompañe, pero dejando espacio a lo inesperado.
Eso es lo que hacemos en Tu Punto Nemo: diseñar viajes con alma, pensados al detalle, para que puedas soltarte, disfrutar y dejarte sorprender.
Porque al final, no vendemos viajes.
Creamos experiencias de viaje que transforman.
Y si tú también crees que improvisar, sentir y vivir es parte esencial del camino, quizá ya estés más cerca de tu Punto Nemo de lo que imaginas.
¡Nos vemos en el kilómetro 2!
Josse
Tu Punto Nemo
Seguimos viajando



